Milei: “La Argentina cree que Macri es liberal”

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Combina la solidez técnica de su formación académica con la aspereza de un exarquero de Chacarita que, además, fue vocalista de una band stone. Genera magnetismo de rock star: ya se vende merchandising con sus frases.

El escudo de Irminsul ha sonado y, como Norma, la profetisa gala que protagoniza la ópera homónima, Javier Milei desata sus sentimientos de ira. En su caso, no hacia los romanos, sino contra los, en sus palabras, parásitos adoradores de la religión del Estado, cuya base de sustentación, denuncia, es el monopolio de la violencia para cobrar impuestos. “El heredero de Adam Smith. El Mozart de la Economía. El Demoledor de Keynesianos”, se define a sí mismo, enumerando con entusiasmo algunos de los apodos que supo ganarse en el meteórico ascenso de su estrella mediática.

En los últimos años, este economista de 47 años, recibido en la Universidad de Belgrano, con maestría en la Di Tella, frecuentó paneles televisivos, donde se consagró como el polemista de peinado excéntrico que destaca tanto por el lookexterno de su cabeza como por la vehemencia con la que expone y defiende lo que hay dentro de ella.“¿Sabés qué pasa?”, explica, sereno, el Bruce Banner del Hulk que suele mostrar cuando se encienden las cámaras. “Me puedo pelear con cualquiera que diga una boludez. Una burrada es una burrada. Dos más dos es cuatro. Si me decís que es 575.827, te voy a contestar que eso es una pelotudez. Y me importa un rábano tu argumento”, acelera, como si sus ojos celestes, de mirada felina, comenzaran a dilatar sus pupilas y teñirse de verde. “¡No! ¡Dos más dos es cuatro; se acabó! Dejate de joder. ¡La Ley de Gravedad es que la manzana le cayó en la cabeza a Newton! ¡No que Newton se disfrazó de Martín Palermo, a quien no conocía, y andaba cabeceando árboles!”. Pausa. Su pulso se desacelera. Vuelve a la calma. “Esa es la realidad. Entonces, cuando uno se encuentra con estas estupideces… Y… reacciona”, se excusa, sonriente, como un chico.

Acto I: El día del arquero

En persona, Milei no difiere de lo que muestra en la pantalla chica. El pelo rubio, revuelto, alborotado. Anárquico, desde que, adolescente, decidió no volver a peinarse, para que su cabello “no perdiera su aleatoriedad”. Viste traje azul oscuro, con rayas finas, y camisa blanca, combinada con una corbata también azul. Intercala, con frecuencia, un “¡FORMIDABLE!”, así, con énfasis, palabra convertida en muletilla personal de su marca registrada.

Milei está sentado en su oficina, un reducto sin ventanas de Palermo. Decenas de libros, todos de Economía, se apilan sobre el escritorio, hasta cubrir más de la mitad de su superficie. Un tablero blanco, con ecuaciones anotadas en fibra roja, de punta a punta, destaca en una de las paredes. En otra, hay un panel de corcho en el que se multiplican fotos y frases de Milton Friedman. El sonriente rostro del sumo sacerdote de la Escuela de Chicago, uno de los faros intelectuales del mundo liberal, se repite impreso en la taza que está cerca de su mano derecha. Panel y taza son regalos de sus compañeros de Corporación América, en cuyas oficinas funciona la Fundación Acordar, de la que Milei es economista Jefe.

“Mejoré mi opinión y apreciación sobre Friedman con la crisis subprime”, señala Milei, dando a entender que no era su referente económico de cabecera. “Hasta entonces, yo era un neoclásico recalcitrante. Es más: veía a los monetaristas, casi, como a mis hermanos bastardos”, distingue.

El estallido de la burbuja hipotecaria lo empujó a releer a Friedman y otros autores, entre ellos, su denostado John Maynard Keynes. “Con el capítulo 7 de La historia monetaria de los Estados Unidos, de Friedman, que es la contracción de 1929 a 1933, me volví loco”, manifiesta y eleva el tono de su voz.

El libreto de Javier Gerardo Milei empezó a escribirse el 22 de octubre de 1970. Hijo de un colectivero que progresó en la vida hasta pasar del volante de unidades al de varias empresas del ramo, repartió su infancia entre Sáenz Peña, partido de Tres de Febrero, y Villa Devoto. Ya vivía del otro lado de la General Paz cuando se produjo un episodio que lo marcaría: su exclusión del seleccionado de fútbol de su colegio, el Cardenal Copello, uno de los más tradicionales de su nuevo barrio. “El criterio que primó no fue el mérito, sino el acomodo y el amiguismo. Así que mi reacción fue irme a jugar a un equipo en serio”. Eligió al Funebrero para enterrar esa frustración. “Mi abuelo era hincha de Chacarita y yo iba con él a la cancha. En esos días (1983), había ascendido. Todo me parecía impresionante. El color… Era muy épico”.

Milei tenía 13 años para 14, edad de novena división. Hizo todas las Inferiores, hasta integrar el plantel de Primera. No debutó oficialmente pero sí atajó en amistosos. Una patada rival le fracturó el maxilar, al costo de una internación larga y crítica. De su paso por el arco de Chacarita, rescata dos partidos. Uno, cuando jugaba en Baby (infantil), como visitante en un club de Villa Lugano. “Era un ambiente bastante hostil. Habían traído a la hinchada de Nueva Chicago”, evoca. Cada vez que algún compañero suyo ejecutaba un lateral, narra, las madres del equipo rival lo hostigaban con agujas de tejer. “Ese día, me pegaban todas”, se enorgullece Milei. Como el otro partido, en el que, cuenta, “me pateaban y me pateaban, y siempre la encontraba”. Milei tenía 15 ó 16 años, no recuerda con exactitud, y Chacarita le ganó 2-1 a River en la cancha auxiliar del Monumental. “Los dos goles, encima, fueron por pelotazos largos míos”, celebra. En aquel entonces, River, dimensiona, era la mayor potencia de la categoría. “Pero Vélez le peleaba. Tenía una actitud que hacía que, en el mano a mano, la lucha se nivelara”. En ese Fortín destacaba Diego Simeone. “En mi primer partido contra él, fracturó a un compañero mío. Pero no fue intencional. Así jugaba: te iba a sacar la pelota ¡y te comía el hígado con la mirada!”.

Milei se define como un arquero volador, al estilo del Pato Ubaldo Matildo Fillol, ilustra. Sin ser demasiado alto (mide 1,78 metro), hacía la diferencia con fuerza de piernas. Por eso, explica, entrenaba 6 horas diarias. ¿Por qué arquero? “Qué se yo… Me divertía”, su primer reflejo. “El arquero es el tipo distinto, la vedette del equipo”, definió alguna vez quien, quizás, mejor haya encarnado ese concepto: Hugo Orlando Gatti. Milei comulga con ese precepto del Loco. “En general, el arquero tiene una personalidad diferente. Vive al límite: si se equivoca, es gol. Viste distinto y es el único que puede tocar la pelota con la mano, que es el recurso escaso en el fútbol. El arquero tiene un entrenamiento diferenciado. Se van todos y sigue entrenando. Además, tiene otras características psicológicas: sos el que tiene a la tribuna detrás tuyo. Hay tipos que ven la tribuna y se asustan. Y otros, que la vemos y nos agrandamos”, se jacta.

Acto I, escena II: La metamorfosis

“Mi mejor conferencia fue en el Teatro Provincial. Tiene capacidad para 1.500 personas y había otras 1.000 en salas aledañas. Ese día, me salieron todas. Me presentaron como El Mozart de la Economía y, de fondo, pusieron la Sinfonía Número 25… ¡Y claro! ¡Me comía a los pollitos crudos!”, se enfervoriza Milei. Su sueño, dice, sería dar una charla en el estadio de River o en el Maracaná. “El problema es que no hay demanda”, se ríe.

Había decidido ser economista a los 12 años, intrigado por el colapso de la tablita cambiaria de José Alfredo Martínez de Hoz. Pero, en 1989, cuando cursaba el primer año de la facultad, experimentó una revelación. Su madre le había pedido que la acompañara al supermercado. “Estaba apoyado sobre el changuito y veía cómo pasaban unas chicas, con una especie de pistolas. Eran remarcadoras. Me pareció tremendo que, aun cuando los precios se estaban remarcando, la gente se tiraba sobre los productos. ¡Los precios subían y, también, crecía la cantidad demandada!”.

Le provocó un shock: según la teoría, si los precios suben, la demanda debería bajar. “Mi punto fue: soy un pelotudo o los libros están mal. Entonces, en función de la solución de dignidad, dejé de jugar al fútbol y me dediqué a estudiar. Me fanaticé, casi de manera patológica, con la Economía. La Híper me hizo volar la cabeza y me enamoré”.

El primer fruto de esa pasión fue un paper. Milei describió un modelo en el cual la inflación hacía que la situación óptima de una empresa fuera contraer su oferta, para, stockeada, resguardar su valor. “Eso generaba una curva de oferta con pendiente negativa, en un equilibrio de suba permanente de precios, gracias a un crecimiento de demanda financiado con la emisión monetaria que derivaba del déficit fiscal”, resume.

Especializado en temas de crecimiento, su segunda epifanía fue no mucho tiempo atrás. Hace cuatro años, cuando trabajaba con Diego Giacomini en su primer libro juntos, Maquinita, infleta y devaluta, su colega —con quien dictaba la materia Dinero, Crédito y Bancos en la Universidad de Buenos Aires— le pasó un texto. Era Tiempo y dinero, de Roger Garrison. “Ahí, conocí el modelo del boom & boost, que había sido desarrollado por (Ludwig von) Mises y mejorado por (Fiedrich von) Hayek”, reseña. Milei había descubierto a la Escuela Austríaca, corriente económica, incluso filosófica, que hace del anti-intervencionismo el eje de su credo. Su conversión, confiesa, fue inmediata. “La claridad conceptual de los austríacos es superlativa y domina al resto de las escuelas de manera muy fuerte”, pondera. Su flamante fe lo iluminó en su nueva prédica: el concepto de singularidad en la Economía. “Debería dejar de ser la ciencia de la administración de la escasez para convertirse en el estudio de la acción humana bajo abundancia radical”, pregona. Algo para lo cual, dice, el paradigma neoclásico le era inconsistente. “En el fondo, en un modelo de competencia perfecta, con rendimientos decrecientes, no puede explicar la maximización de los beneficios”, explica.

También en esos días de 2013 leyó Monopolio y competencia, uno de los capítulos de El hombre, la economía y el Estado, de Murray Rothbard. “Llevaba más de 20 años dando clases de Microeconomía. Y con muchos fundamentos teóricos, además. Pero, cuando terminé de leer a Rothbard, dije: ‘Todo lo que enseñé sobre estructuras de mercado está mal. ¡Está mal!’”, relata, histriónico. Se convirtió, entonces, en un férreo defensor de los monopolios. “Tienen una connotación negativa en el paradigma neoclásico. Pero lo primero que uno debe preguntarse es si ese monopolio es legal o no. Cuando surge de una exclusividad otorgada por el Estado, el empresario pasa a ser un empresaurio: se asoció con el monarca para reventarle la vida a los consumidores”. Contrasta con lo que, a su entender, es un monopolio positivo. “Si hay un solo oferente, que surge como consecuencia de haber entrado en un proceso competitivo, en el cual derrota a todos sus contrincantes ofreciendo un producto de mejor calidad o mejor precio, ese empresario, en realidad, es un héroe. Un benefactor social”, enfatiza. El error, subraya, es no enfocar el monopolio como un tema de demanda. “El monopolista no puede hacer lo que quiere. ¿Qué hacés si te regalo el monopolio de vender cubitos en la Antártida? También, está el punto de la sustitución: si una marca de gaseosas quiere aprovecharse, puedo sustituirla por otra. O, incluso, por otra bebida. Muchas economías de mercado son analizadas en equilibrio parcial. Eso es un error: la vida no es equilibrio parcial; es equilibrio general. Y, en última instancia, si alguien no quiere sustituir, está la voluntad individual de comprar (o no)”. El monopolio, se explaya Milei, inicia un círculo virtuoso. Los beneficios que genera conducen a incrementar la productividad. O, en su defecto, a un acomodamiento a la baja de los precios relativos, lo que, apunta, también favorece al consumidor. “Si uno empieza a castigar a los monopolios porque parte de un mal diagnóstico, reventará los rendimientos decrecientes. Cuando eso pase, matará al crecimiento y condenará a la gente a vivir peor. Al margen de lo nocivo que resulta la intervención violenta del Estado sobre las voluntades individuales”, concluye.

Acto II: La TV ataca

Como de costumbre, había llegado temprano. Uno de sus múltiples trastornos obsesivo compulsivos (TOC) es estar siempre, por lo menos, 15 a 30 minutos antes de lo acordado. Pero, ese domingo, el programa de televisión al que lo habían invitado tenía su inicio imprevistamente postergado más de una hora. Durante buen parte de ese rato largo de más que estuvo en los estudios de América, charló con quien lo había invitado. “Mirá”, le dijo, en cierto punto del diálogo, Mauro Viale. “Para que esto funcione, pensalo como un round de box. Contá tu idea en tres minutos. Y, en el primero, meté una piña de knock-out”, le recomendó Viale, viejo zorro de los shows periodísticos si los hay. “Ah… Ok. Va por ahí”, cuenta Milei que le hizo el clic.

Ya era un personaje mediático, casi, de casualidad. Había empezado a escribir textos sobre crecimiento económico y los enviaba, por su cuenta, a Infobae, que los publicaba. Era una forma de hacerse oír, explica, porque se sentía desplazado de algunos ámbitos académicos por su prédica liberal. Maquinita, infleta y devaluta, su primer libro escrito con Giacomini (“mi hermano”, lo llama él), había salido el 3 de enero de 2014. Como parte de ese lanzamiento, publicaron una nota en Perfil. La titularon: Acorralados por el fantasma del Rodrigazo. A los pocos días, Axel Kicillof anunció una devaluación del 30 %.

El oportuno augurio le valió al dúo —que, este año, lanzó su segundo libro—, Otra vez sopa una entrevista en la webTV de Infobae. Guillermo Nielsen, por entonces vinculado laboralmente a Milei, los puso en contacto con la producción de Hora Clave. “Ese día, estaba muy enchufado. Metí frases que fueron trending topic. Fue tremendo: a partir de ahí, me empezaron a llamar de varios lugares”, rememora Milei. Uno fue Matías Tombolini, amigo suyo desde hace más de dos décadas quien, además, empezó a recomendarlo a otras producciones. Otro colega que confió en él fue Martín Tetaz, a quien conocía de la Asociación Argentina de Economía Política. Tetaz integraba el programa de cable El timón de la economía y cada panelista debía elegir a un suplente que lo reemplazara cuando no pudiera concurrir. Los debates dominicales de Mauro Viale en América 24 empezaron a tenerlo como habitué. Usualmente, en desventaja numérica frente a sus rivales. También se hizo visita frecuente a las mesas nocturnas de Rolando Graña, por la misma señal, a las que era invitado, por lo menos, una vez a la semana.

Su gran debut en la televisión de aire fue en Animales sueltos (América). “Ahí sí: se detonó todo”, se ríe Milei. “Me salieron todas. En el primer segmento, son como 10 ó 15 minutos en los que estoy totalmente desatado. Metí como 11 zócalos”, se ufana. Fantino, cuenta, había visto videos suyos. “Entonces, cuando estábamos en vivo, me tiró que, a La teoría general de Keynes, yo la llamo ‘La basura general’. Fue como decirme: ‘Sacá al increíble Hulk ahora’. El resto es historia. Están los videos…”.

Acto III: El Libertario

“El día después de Animales sueltos fue muy gracioso”, evoca. Como esa noche había terminado muy tarde, cuenta, al día siguiente, prefirió ir al trabajo en taxi. Mientras estaba en la puerta de su casa, esperando, alguien le gritó: “¡Vamos, Libertario, carajo! Ese Keynes era un hijo de recontramil putas!”. Completa la anécdota: “Pensé: ‘Bueno, lo logramos. Dimos un paso adelante. Entendimos que Keynes es el mal’”.

“Sí”, contesta rotundo, sonriente, si siente un trato distinto de la calle. “Me divierto fenomenalmente. Hago entre cinco y 10 selfies por día”, describe. Vive, también, situaciones que lo conmueven, aclara. Como que un albañil en un viaje al interior o el hombre que limpiaba los baños del bar en el que desayunaba lo reconocieran y le agradecieran por, dice, “defender los valores de la Libertad”.

“¿Qué quiere decir esto? Que las ideas de la Libertad, en realidad, son más aceptadas por la gente de lo que el Círculo Rojo cree”, reflexiona. “Además, está podrida de lo políticamente correcto. Y la gente comprende que, cuando me altero, es porque el argumento del otro es una pelotudez. Desde lo empírico, lo teórico o las dos cosas a la vez”.

En la arena de Intratablesshow político del prime time de América, el gladiador de la Libertad le ofreció circo a un pueblo que, está convencido, demanda entender por qué le cuesta tanto conseguir el pan. “Es increíble: en esta sociedad, se odia a las ideas de la Libertad. Es algo muy patológico. El arco está tan corrido a la izquierda que se cree que el gobierno de Macri es liberal. Pero es socialdemócrata. Mirá el presupuesto: no tiene la mínima intención de devolverle el dinero a quien lo genera. Al contrario, le gusta cobrar impuestos. ¿Qué tiene eso de liberal? ¡Nada!”.

El precio de la fama, a veces, también es costo. Fuera de cámara, un legislador del Frente para la Victoria quiso hacerlo golpear por sus dos guardaespaldas. Un empresaurio, como llama él sin mencionarlo al matarife orgánico del PJ Alberto Samid, recurrió al derecho de las bestias para limpiar la afrenta intelectual que, algunos minutos antes, al aire, Milei le había infligido. “Hubo otros economistas que fueron muy violentos porque les demostré que eran malos economistas”, minimiza él los episodios.

Por su estilo frontal, áspero, de tribuna, se siente mirado de reojo en algunas usinas locales del pensamiento liberal, hegemonizadas por intelectuales recatados, de modos más discretos y elegantes quienes, dice Milei, creen que sus explosiones televisivas son contraproducentes para la causa de la Libertad. Pero hay situaciones que lo exceden. “La primera vez, uno trata de explicar las cosas de buena manera. Pero, ¿sabés qué sucede? Está el problema de la disonancia cognitiva: no sólo le estás demostrando al otro que lo que decís es lo correcto; también, que lo que él pensó durante toda su vida es una pelotudez. Entonces, el tipo te agrede”, analiza. “Y, obviamente, si me agredís, te vas a encontrar con el arquero de Chacarita”, sonríe, desafiante.

¿Es Milei realmente así? ¿O la televisión creó un personaje, que terminó devorándolo? “Nooooo”, contesta él. “Soy así. ¿Creés que jugar en Chacarita era algo light? No, era bien heavy-metal”, replica, en relación a la huella que dejó en su personalidad el ecosistema del club de San Martín. Y a la inversa: ¿sintió alguna vez que se pasó de revoluciones y debió haber bajado un cambio? “Tampoco. La consistencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago es lo que me deja absolutamente tranquilo”.

Salvo contadísimas excepciones, aclara, no cree que sus ocasionales rivales, por lo general políticos, sean malintencionados. “Tienen mucho más de ignorantes, de brutos, de lectura superficial, de corrección política y de todas esas estupideces, que de malos”, distingue. Ejemplifica con Margarita Stolbizer: “La conozco. La creo honesta. Pero todo lo que propone son cosas que harían estallar la pobreza. Nos hundirían tremendamente y ella lo dice con toda la buena intención del mundo. Adhiere a cosas que están mal. No lo sabe porque tampoco los economistas cuentan bien cómo funcionan las cosas”.

Por supuesto, nada más lejos de Milei que el corporativismo. La Keynesianera, bautizó a la facultad de Ciencias Económicas de la UBA. “El principal productor de economistas de la Argentina es un centro de adoctrinamiento marxista. De ahí, proliferan keynesianos brutos por todos lados. Todo un conjunto de personas que adhiere a conocimientos que no sólo están de espaldas a los datos. Además, le hacen daño a la gente. Y viven todo el tiempo explicando la conspiración por la cual no funcionó. Si hubieran leído La acción humana, de Mises, se darían cuenta de que lo que están diciendo es una pelotudez. Pero, probablemente, si uno le pregunta a un graduado de la UBA por Von Mises o por Hayek, responderá que deben ser el 9 y el 10 de Holanda”.

Para él, es clara la raíz del mal. “Leí cinco veces La basura general. No es un libro: es un panfleto escrito a favor de políticos mesiánicos y corruptos. Detrás de algún chorro, siempre, el argumento es Keynes. Es lo más liberal que se lee en la UBA… ¡Y Keynes era socialista! ¡Su ideal era llegar al comunismo por la mano suave! Además, apoyó a Hitler y a Mussolini. Un personaje perverso”.

La monserga no se detiene. “La Keynesianera produce keynesianos a mansalva pero que no leen la bosta del libro. Si no, se darían cuenta de la cantidad de barbaridades que dice esa inmundicia”, se enfervoriza. Kicillof, personaje clave en la gestión económica del segundo mandato de Cristina Fernández, es, señala, el producto más genuino de esa casa. “Puso en práctica esas ideas, bien claras. Las hizo todas: le dio rosca al gasto, lo financió con emisión, controló precios. Y, ahí, está su logro: el milagro de que, en cuatro años, el PBI per cápita de la Argentina cayera, en un contexto con los mejores términos de intercambio de la Historia y tasas de interés nulas. Un genio. Pero del mal”.

Baja el telón

Cae la tarde en San Telmo. Es un miércoles de octubre, ya pasadas las 18. Milei camina los 40 metros que separan la redacción de El Cronista Comercial de la playa de estacionamiento a la que va a buscar su auto, un Peugeot RCZ Modelo 2013. Con un motor de 200 caballos, el descapotable deportivo, en este caso negro, es una de las más elegantes, vistosas y poderosas criaturas del león.

“¿Quiere el ticket, doctor?”, le pregunta la cajera, que lo reconoció de la tele. “¡Nunca!”, contesta él, solemne, sacando pecho. “La evasión de impuestos debería ser un derecho humano”, proclama.

No sólo rechaza a la visible mano de Leviatán metida en los bolsillos de sus súbditos. Milei protesta porque su auto impide el arranque si todos los ocupantes no tienen puesto el cinturón de seguridad. “Esto de usarlo porque te obliguen… Si quiero reventarme o no, es una opción mía”, bufa.

El RCZ se escurre a través de la jungla de faros rojos que entrama la avenida Independencia a esa cargada hora del día. Milei cuenta que, también, tiene una moto. Pero la venderá. “A Conan no le gusta. De alguna manera, cada vez que la uso, lo sabe”, explica. Conan, agrega, manifiesta esa disconformidad haciéndole desastres fisiológicos en la casa.

Conan es su perro, un mastín inglés de 12 años que, parado, mide 1,81 metro. Lo bautizó en honor al mítico personaje que encarnó Arnold Schwarzenegger a inicios de los ‘80. “El guerrero”, como lo llama él, orgulloso, es el auténtico amo y señor de sus dominios, un departamento en el décimo piso de una torre sobre la calle Gallo, a metros del Abasto.

Por su perro, Milei, que solía asistir al World Economic Forum y es miembro del B20, ahora intenta evitar viajes que no impliquen ir y volver en el día. “Sufría mucho. Yo más que él”, alega.

El economista le dedicó Otra vez sopa a “Conan y Karina Milei”. Karina es su hermana menor. Son, dice, su único círculo íntimo. Sin diálogo con sus progenitores (sic), su hermana suele recibir las amenazas telefónicas o falsos secuestros con los que algún político suele desquitarse por el sopapeo público del Libertario.

Milei reivindica su inexorable soltería. En una entrevista en LN+ expuso su teoría sobre el matrimonio y la monogamia, tesis de viralizada repercusión. Al primero, lo rechaza por tratarse de una regulación, un contrato a perpetuidad, mucho más costoso de romper que de respetar. A la segunda porque, explica, la Ley de Utilidad Decreciente termina aniquilando tanto a la pareja como a sus integrantes. “Todos los días consumís el mismo producto. ¡La utilidad cae! Cuando tomás la diversidad, incrementa tu utilidad”, fundamentó su libertad social. Cuenta que desarrolló modelos de estructuras de mercado que, básicamente, ayudan a resolver problemas concretos de la vida diaria. No por nada, dice, en el living de su casa, tiene un cuadro de 1,5 metro por otro tanto del economista estadounidense Gary Becker haciendo la deducción de la ecuación intertemporal de Slutsky. “Algún día, Conan le explicará a alguien de qué se trata. Ya me escuchó tantas veces que lo tiene mucho más internalizado que gran parte de los humanos”, ironiza.  Pero eso difícilmente ocurrirá. “Ya lo decidí: a mi casa, no entra nadie. Nadie”, dice, con la vista fija en el tránsito. Su última novia le exigía que pasara dos noches a la semana en la casa de ella. “¿Tenés una idea del esfuerzo que eso significaba para alguien como yo?”, dimensiona. Es que, para él, su casa es mucho más que su casa: es su cueva, su refugio. Su santuario. Allí, atesora sus libros. También su discoteca: colecciones completas de bandas como los Rolling Stones, a los que vio 14 veces, precisa; los Beatles, Queen, AC/DC, Deep Purple y Led Zeppelin. Ediciones oficiales y piratas. Acumula un centenar de discos de Elvis Presley. Algunos, auténticas joyas. Como el bootleg de un recital que, por sold out de las noches previas, El Rey dio de mañana y a punto de subir al avión.

Entre sus muchas facetas, Milei es melómano. En su juventud, fue cantante de Everest, grupo cuyo repertorio eran, en su mayoría, covers de los Stones. “Estoy con el proyecto de una banda. La idea es escribir canciones de rock & roll pero con temas de Economía”, devela. Su aliada en esa cruzada es la cantante Érica García. “Ella es libertaria. Veremos si podemos generar un producto que sea de las apetencias del mercado”, reafirma su dogma austríaco.

Su eslabón perdido entre el rock y la música clásica fue Elvis. “Es el único cantante popular que podría haber sido lírico. A Freddie Mercury no le daba. El color de voz de Elvis era muy parecido al de un barítono español, Juan Pons. Además, tenía a un conjunto de sopranos, The Sweet Inspirations, y a una mezzo soprano como Kathy Westmoreland que, cuando uno escucha esos coros, ¡se vuelve loco! De ahí, te vas a la lírica. Directo”.

Hoy, sólo escucha ópera. Giuseppe Verdi, la primera escala de ese viaje. “Escuché Nabucco y dije: ‘¡Uoouaaauuuuu!’”, se entusiasma. Nada es casual: esa obra, con su icónico Va, pensiero, es reconocida como una oda a su venerada Libertad. Sus óperas favoritas, sin embargo, son Norma, de Vincenzo Bellini, y Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti. “Además, las recomendaría dirigidas por Richard Bonynge y cantadas por Joan Sutherland”, apunta. “Al lado de ella, María Callas y Renata Tebaldi ladraban”, asevera, con el mismo tono asertivo con el que rubrica sus sentencias económicas.

“No hay soprano como Sutherland. Lo que pasa es que su nivel de agudos… Da un poco de impresión. A Conan, no le gusta. Se va a la cocina cuando la escucho”. Lo comprobó un día, en el que, comenta, reprodujo 27 veces seguidas el DVD de Norma. “Lo puse y empezó a andar y a andar… Hasta que reventó”. No fue el único disco con el que le pasó. “El otro fue un concierto de Luciano Pavarotti, en el Metropolitan, con James Levine al piano. No podía dejar de escucharlo. Lo agarré y le di todo un fin de semana. Lo escucho a Pavarotti y muero, ¿me entendés? ¡Es sublime!”.

Verdi, Bellini, Donizetti, Giacomo Puccini, Goachino Rossini… Los autores del bel canto son sus favoritos. “De hecho, yo mismo soy un personaje de Puccini: absolutamente apasionado”, se define. Como Rodolfo, el protagonista de La Bohème, una de sus favoritas, Milei sabe lo que es el tormento de renunciar con abnegación a un sentimiento intenso. “Yo era hincha de Boca. Era”, subraya. Hay una estrella con su nombre en el Museo de la Pasión Xeneize. Viajó a Japón, entre muchos otros lugares en los que, dice, lo celebró campeón. Pero, a fines de 2012, pasó del amor al odio por la enseña azul y oro. “Lo decidí cuando (Daniel) Angelici echó a (Julio) Falcioni, que había hecho un trabajo formidable, y aceptó la vuelta de (Juan Román) Riquelme, que vino a robar. Ya bastante tengo con vivir en un país populista para, además, ser hincha de un club que toma decisiones populistas”. Milei, que tenía palco en La Bombonera, había dejado de asistir al templo a mediados de 2011, tras el retiro de Martín Palermo. “No miro fútbol desde hace muchos años. Es más: mientras esté (Fernando) Gago, soy anti-Boca. Cuando vino ese farsante, dije: ‘Ojalá, ahora, Boca descienda’”.

Para él, el actual capitán xeneize es un aniquilador de zagueros centrales. “Hizo echar del Real Madrid a dos fenómenos como (Fabio) Cannavaro y (Walter) Samuel. Y, en el Mundial, todos los goles que le hicieron a la Argentina fueron a sus espaldas. ¡Todos!”. En el fútbol, piensa, la gente actúa como con la economía. “Opina y no mira las estadísticas. Y llega a la locura de criticar a (Lionel) Messi. Según un relevamiento, titulado Messi es imposible, es el mejor en cinco facetas distintas del juego. Y acá se lo discute. ¿Desde dónde? Desde un argumento socialista: gana mucho dinero. Lo condenan por ser millonario. ¡Pedazo de estúpido! ¡Es un jugador de fútbol! ¡Y la destroza! Fijate cómo el socialismo tiene infectada a la sociedad hasta en un detalle tan simple. Tenés a un futbolista único, que es un claro black swan. Y, acá, lo critican. ¿Por qué no te dedicás a disfrutarlo, en lugar de envidiarlo. ¿No te das cuenta de que gana mucho porque genera una explosión de riqueza? Porque el tipo vende un servicio de excelente calidad y es muy productivo”.

Pausa. Pisa la pelota. Levanta la cabeza. Sigue. “El argentino medio es envidioso y resentido. Le metieron tanto socialismo en los últimos 70 años que ni siquiera se permite disfrutar al mejor jugador de todos los tiempos. ¡Lo veo a Messi y me vuelvo loco! No puedo creer que alguien haga todo lo que él hace. ¿Nadie se da cuenta de que, en la final, generó un montón de pases gol y los inútiles de Palacio, Higuaín y Agüero, en el momento difícil, fallaron? Porque Maradona le tiró un pase a Burruchaga y Burruchaga lo hizo. O cuando se la pasaron a Valdano, también la metió. Estos muertos, no. ¿A nadie se le ocurre ver que a Messi lo marcan de a cuatro, que es un sistema que inventó un director técnico belga para tomarlo a Maradona en el ’82 y, ese día, Maradona no la tocó ni con la mano? Entonces, ¿de qué estamos hablando? Pero es como yo veo estas cosas”, cierra, sereno, después del estallido.

Economía, música, fútbol: todo es pasión para Milei. “Tomá a cualquier personaje de Puccini y sacalo a la vida real. Ése soy yo”, repite. “¡Yo te expongo a tu mentira!”, le bramó en el set de Intratables al senador provincial bonaerense Alberto De Fazio, del Frente para la Victoria. Como si fuera Gianni Schicchi, personaje de otra de sus óperas favoritas de Puccini, que termina entrampando a los tramposos en su propia trampa, en pos de una causa más loable.

La popularidad de Milei se traduce en los 42.800 seguidores (and counting) que, al cierre de esta edición, tenía su cuenta de Twitter. En las últimas semanas, en su agenda proliferaron invitaciones, tanto a participar en conferencias profesionales como en programas de televisión. Por caso, ya es casi un habitué en Polémica en el bar (América), donde no se inhibe ante leones herbívoros como Viale o Samuel Chiche Gelblung. Su estilo y personalidad generan un magnetismo similar al de una estrella de rock, al punto que, incluso, se comercializan remeras con su rostro y citas de su autoría (“Flojito de datos como todo peroncho”) y fundas para celulares con su retrato al estilo del Che Guevara sobre una leyenda: “Hasta la Libertad, siempre”.

Los memes en las redes sociales lo ilustran con estampa de prócer. Otros lo muestran con una armadura, lanza y espada en mano, presto a combatir al dragón. El Libertario también se ve a sí mismo como un paladín cuya misión es enfrentar a los adoradores de las falacias del multiplicador, como llama a los keynesianos. Un émulo de Norma, que, al hacer sonar tres veces el bronce sagrado, liberará a su pueblo de las águilas enemigas. “Mi voz se oirá como un trueno”, promete la sublime donna. “¡Hazla tronar y ninguna nación malvada escapará de su justo castigo!”, ruge la tribu, sedienta de sangre. “¡El escudo de bronce ha sonado!”. También, para Milei y su cruzada personal. “¡Viva la Libertad, Carajo!”, como suele tuitear.

El cronista

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